
Imagínate que vas a una cena con amigos, de esas donde el vino fluye más rápido que la sensatez, y alguien te pregunta si vale la pena volver al universo de las infecciones rabiosas después de tanto tiempo. Te acercas, le pones la mano en el hombro y le dices: “Mira, olvida todo lo que crees saber sobre los corredores de maratón con ojos rojos, porque esto ya no va de sobrevivir, va de una secta heavy metal y un tipo haciendo arquitectura con fémures”. Así de marciana, de desquiciada y de extrañamente fascinante es 28 años después: El templo de los huesos. Es una película que parece rodada en un estado de febrícula constante, una de esas secuelas que, en lugar de ampliar el camino que todos conocemos, decide prenderle fuego al mapa y ponerse a bailar sobre las cenizas al ritmo de Iron Maiden y Duran Duran. No bromeo. Si la primera entrega de este regreso nos dejó con la ceja levantada por las decisiones visuales de un Danny Boyle que parecía querer jugar a ser un director de serie B sin presupuesto, aquí llega Nia DaCosta para poner orden en el caos, o al menos para que el caos luzca lo suficientemente nítido como para que nos duela la vista.
La película es un animal extraño, un esqueleto con muy poca carne que se sostiene en pie por pura voluntad mística. La trama nos arrastra de nuevo al barro con el joven Alfie Williams, que aquí parece más una percha para que los demás cuelguen sus traumas que un protagonista con agencia, atrapado entre dos fuerzas de la naturaleza que devoran cada centímetro de película. Por un lado, tenemos al Dr. Ian Kelson, un Ralph Fiennes que está absolutamente desatado, entregando una interpretación que oscila entre el gurú espiritual y el carnicero ilustrado. Fiennes es el corazón de esta locura, un hombre que ha decidido que, si el mundo se acaba, lo mejor es construir catedrales con los restos de los caídos y entablar amistades peligrosas con los monstruos. Su relación con Sansón, el infectado alfa, es de lo más perturbador y extrañamente tierno que ha parido el género en años; hay una escena de baile que te deja con la boca abierta, no porque sea buena en el sentido tradicional, sino porque es tan jodidamente audaz que te obliga a respetar la locura de quien la escribió.
Pero claro, donde hay un santo de los huesos tiene que haber un demonio de la carne, y ahí entra Jack O’Connellinterpretando a Jimmy Crystal, un psicópata con aires de estrella de rock platino que lidera a una banda de iluminados llamados Los Jimmys. O’Connell reincide en ese rol de peligro constante, de violencia ritual y fe absurda que te hace pensar que el verdadero apocalipsis no fue el virus, sino el aburrimiento de los supervivientes que decidieron jugar a los dioses. El enfrentamiento entre el calvo místico y el rubio satánico es lo que realmente vertebra la película, un duelo de egos en un mundo que ya no tiene espejos donde mirarse. El guion de Alex Garland se nota presente en cada diálogo sentencioso, en esa obsesión por la deshumanización y el extremismo religioso, aunque a veces dé la sensación de que está más interesado en su propia masturbación mental que en darnos una película de zombis al uso. Es una cinta que se siente como un puente, un paréntesis lujoso y sangriento que nos prepara para un final que no termina de llegar, dejándote con la miel en los labios y un montón de preguntas sobre si lo que acabas de ver es una genialidad o una tomadura de pelo de proporciones bíblicas.
Lo que es innegable es que El templo de los huesos tiene una identidad visual potente, cruda y por momentos bellísima en su fealdad. La dirección de DaCosta es mucho más eficaz que la anterior, permitiendo que el humor negroy la casquería respiren sin necesidad de trucos de cámara baratos. No es una película para todo el mundo; si buscas la tensión eléctrica de la cinta original de 2002, probablemente salgas del cine queriendo quemar el edificio. Pero si te dejas llevar por esta deriva de horror folk, misticismo de vertedero y rituales macabros, encontrarás una propuesta que, al menos, tiene el valor de no ser aburrida. Es una obra divisiva, punki y sin red, que prefiere estrellarse haciendo algo diferente a triunfar repitiendo la fórmula. Al final del día, lo que recordarás no serán los sustos, sino a Ralph Fiennes embadurnado en sangre, rodeado de cráneos, recordándonos que en el fin del mundo, los muertos son los que menos miedo dan.