
“El Botín” (The Rip), la reciente producción de Netflix, se presenta con una advertencia que incita a la reflexión: “basada en hechos reales”. Lejos de ser una simple estrategia de marketing, esta afirmación revela una historia con profundas raíces en la corrupción y el caos que azotaron Miami. La película, protagonizada por Ben Affleck y Matt Damon, narra cómo dos policías de Miami se topan con un alijo de millones de dólares, desencadenando una espiral de desconfianza y peligro. Dirigida y escrita por Joe Carnahan, la trama se inspira en las experiencias de un veterano agente de narcóticos de Miami-Dade y en los thrillers setenteros, donde los personajes son tan importantes como la acción.
Carnahan no esconde sus influencias. “El Botín” se nutre de clásicos como “Serpico” y “Heat”, donde la línea entre la ley y el crimen es difusa. En este universo, no hay héroes impecables, sino individuos cansados, decisiones cuestionables y un ambiente opresivo. La película se desarrolla a un ritmo constante, permitiendo que la desconfianza se infiltre en cada interacción. ¿En quién puedes confiar cuando el dinero aparece de repente? ¿En tu compañero de patrulla? ¿En ti mismo? “El Botín” plantea estas preguntas de forma incómoda, dejando al espectador sin respuestas fáciles.
Para comprender “El Botín”, es preciso viajar al Miami de los años 80. La ciudad era un hervidero de violencia y corrupción, devastada por el auge del narcotráfico. Barrios tranquilos se transformaron en zonas de guerra, los bancos se convirtieron en centros de lavado de dinero y algunos policías se corrompieron hasta la médula. Los alijos ocultos en casas se convirtieron en objetivos para los llamados “rip crews”. Estos grupos, a menudo compuestos por agentes de policía corruptos, irrumpían en propiedades, robaban dinero y drogas, y desaparecían sin dejar rastro. Utilizaban su autoridad como licencia para robar, realizando redadas falsas, plantando pruebas y llenando bolsas de deporte con billetes. El silencio era su mejor aliado.
El Escándalo Que Sacudió Miami: Los Miami River Cops
En 1985, el escándalo de los Miami River Cops sacudió la ciudad. Se descubrió que agentes de policía no solo robaban a narcotraficantes, sino que también asesinaban a sus víctimas, arrojando sus cuerpos al río. Los juicios revelaron historias de cocaína distribuida en vestuarios y sobornos generalizados. La reputación de la policía quedó destrozada. A partir de ese momento, cada rumor de corrupción parecía creíble. “El Botín” captura esta atmósfera de desconfianza, donde la placa policial ya no es garantía de integridad. En este contexto, la traición se convierte en una posibilidad constante.
Con el tiempo, las agencias federales aprendieron a combatir la corrupción policial. La DEA y la ATF comenzaron a organizar operaciones encubiertas, creando casas trampa y alijos falsos. Permitían que los grupos corruptos planificaran sus golpes, y cuando estaban a punto de ejecutar el robo, los agentes federales intervenían. Hubo casos como el de Armando García y su banda, quienes creían que estaban a punto de robar un enorme cargamento de cocaína. En lugar de eso, se encontraron con granadas aturdidoras y esposas. Llevaban armas suficientes para arrasar una manzana entera, lo que demuestra lo peligrosas que podían ser estas situaciones.
Alrededor de estas historias surgieron leyendas urbanas de túneles secretos que conducían a escondites de droga y casas incendiadas con rivales en su interior. Estas historias, verdaderas o falsas, reflejan la mitología de los “rip crews”: figuras ambiguas, mitad policías, mitad criminales, siempre al borde del desastre. “El Botín” explota esta paranoia constante. La película no se trata solo de un robo, sino de la codicia que corrompe la lealtad y de cómo algunos se engañan creyéndose cazadores, cuando en realidad son la presa.
Lo más inquietante de “El Botín” es su realismo. La película no necesita exagerar demasiado, ya que la realidad de Miami en los años 80 era lo suficientemente turbia. Policías vendiendo drogas en las mismas calles que patrullaban, operaciones federales para capturar a criminales dispuestos a matar por dinero, familias destrozadas y reputaciones arruinadas en cuestión de segundos. El guion simplemente organiza un caos que ya existía. Es por esto que la película funciona tan bien: porque transmite la verdad de un pasado corrupto y porque plantea preguntas relevantes sobre la naturaleza humana y la codicia.