
Cuando apagaron las luces en la sala y los primeros acordes de esa banda sonora inconfundible llenaron el cine, supe que las próximas dos horas y cuarenta minutos no iban a ser convencionales. La cuestión era si eso me iba a gustar o a sacar de quicio. La respuesta, por supuesto, es las dos cosas a la vez.
La revolución también envejece: de qué va Una batalla tras otra
Paul Thomas Anderson lleva décadas construyendo un cine que no le pide permiso a nadie, y su última película no es ninguna excepción. Basada en Vineland, la novela de Thomas Pynchon publicada en 1990 y considerada durante mucho tiempo inadaptable, Una batalla tras otra sigue a Zoyd Wheeler, un ex revolucionario de los años sesenta que lleva años escondido del mundo y de sí mismo. Cuando su pasado regresa en forma de viejos enemigos, de una hija que no lo conoce del todo y de un sistema que nunca lo olvidó, Zoyd se ve arrastrado de vuelta a una guerra que creía terminada. La tensión política, el racismo institucional y la violencia militar empapan cada fotograma, pero Anderson se niega a convertir todo eso en un manifiesto. Prefiere la ambigüedad, el humor negro y la digresión, lo que a ciertos espectadores les parecerá genial y a otros directamente insoportable.
Leonardo DiCaprio lleva el peso de la película entera sobre los hombros con una entrega que mezcla vulnerabilidad, comedia física y momentos de una intensidad que resultan demoledores. A su lado, Sean Penn compone un personaje secundario que se roba cada escena en la que aparece, con esa economía de gestos que solo dan los años y los errores acumulados. Benicio del Toro, en un papel más breve de lo que uno esperaría dado su nombre en el cartel, aparece y desaparece como una tormenta de verano: mientras está en pantalla no puedes mirar a otro lado, y cuando se va echas de menos algo que no sabes exactamente definir. Teyana Taylor y Regina Hall completan un reparto que Anderson maneja con la soltura de quien lleva toda la vida haciendo esto, porque es exactamente eso lo que ha hecho.
Lo que funciona, lo que cansa y lo que te queda grabado
Anderson filma Una batalla tras otra como si el tiempo no existiera —y me refiero a eso tanto como un elogio como una advertencia. Hay secuencias de una belleza perturbadora: la persecución inicial rodada en un plano secuencia que parece desafiar las leyes de la física narrativa, la conversación nocturna entre DiCaprio y Penn en un garaje iluminado solo por la luz de un televisor viejo, o el tercer acto que abandona casi toda coherencia argumental para convertirse en algo parecido a una alucinación colectiva. En esos momentos, la película justifica con creces sus dos horas y cuarenta y un minutos de duración.
Pero hay que ser honestos: también hay momentos en los que Anderson parece más interesado en demostrar que puede hacer algo que en explicar por qué debería hacerlo. Algunas subtramas de la primera mitad se alargan más de lo necesario, y la estructura —deliberadamente fragmentada, fiel al espíritu pynchoniano— puede resultar frustrante para quien espere una narración que avance en línea recta. Si no tienes paciencia para el cine que se toma su tiempo, este no es tu sitio. Si la tienes, vas a salir del cine sin saber muy bien qué acaba de pasarte, que es exactamente la sensación que Anderson perseguía.
El guión, coescrito con el propio Anderson durante años, preserva el caos controlado de Pynchon sin intentar domesticarlo. Los diálogos tienen ese ritmo sincopado que suena a vida real pero que no podría existir fuera de una pantalla, y hay líneas que te acompañan durante días después de verlas. La fotografía de Mihai Mălaimare Jr. es de lo mejor que ha llegado a las salas españolas en mucho tiempo: una paleta de colores que oscila entre el amarillo sucio de los setenta y una luminosidad casi irreal que convierte determinadas escenas en algo parecido a pinturas.
Lo que Anderson hace con la violencia merece un párrafo aparte. En una época de cine en la que la acción se ha vuelto abstracta, casi decorativa, aquí cada golpe tiene consecuencias, cada disparo tiene un peso moral que el director no se molesta en suavizar. No es cine cómodo, y no lo pretende.
Una película para verla dos veces y no entenderla del todo ninguna
Salí del cine con la cabeza dando vueltas, y eso no es un insulto. En un panorama cinematográfico donde la mayoría de los grandes estrenos te entregan todo mascado y digerido, una película que exige algo a cambio resulta casi subversiva. Una batalla tras otra es ambiciosa hasta el punto de la imprudencia, irregular como todo lo que merece la pena y, en sus mejores momentos, extraordinaria.
Si tienes la oportunidad de verla en sala grande, hazlo. Algunos cines fueron diseñados exactamente para esto: para que la imagen te envuelva y la banda sonora te resuene en el pecho y te olvides de que tienes el móvil en el bolsillo. Anderson rueda para la pantalla grande, no para la tableta. Respétalo.
No es perfecta. No pretende serlo. Pero es una de esas películas que te recuerdan por qué sigues yendo al cine cuando las plataformas lo hacen todo tan sencillo y tan insípido a la vez.
Puntuación: 7,5/10 — Una obra irregular y deliberadamente incómoda que, en sus mejores momentos, justifica cada minuto de sus casi tres horas; el tipo de cine que ya no se hace mucho porque requiere valentía y convicción, y Anderson tiene de las dos.