
El cine español vuelve a quedar en evidencia. The New York Times acaba de publicar su esperado ranking de las 100 mejores películas del siglo XXI, elaborado por 500 personalidades de Hollywood, y el resultado es demoledor para nuestro país: solo una película española ha conseguido colarse en la lista. Un dato que no debería sorprendernos, pero que duele cada vez que se repite.
El eterno problema de visibilidad del cine español
Mientras que países como Francia, Corea del Sur o incluso Rumania han logrado múltiples reconocimientos en listas internacionales similares, España sigue siendo la gran ausente. No es casualidad que directores como Pedro Almodóvar, Alejandro Amenábar o Álex de la Iglesia, pese a su indudable talento y reconocimiento, apenas aparezcan en estos rankings globales.
El problema trasciende la calidad cinematográfica. Nuestro cine ha producido obras maestras indiscutibles en las últimas dos décadas: desde “Hable con ella” hasta “El reino”, pasando por “Pa negre” o “Vivir es fácil con los ojos cerrados”. Sin embargo, estas películas raramente trascienden nuestras fronteras con la fuerza necesaria para competir en el imaginario internacional.
La barrera del idioma y la distribución internacional
La realidad es cruda: el mercado cinematográfico mundial sigue dominado por el inglés. Mientras que el cine coreano ha conseguido romper esta barrera con fenómenos como “Parasite” o “Burning”, el cine español no ha logrado crear esa conexión emocional universal que trascienda el idioma.
La distribución internacional es otro factor clave. Las productoras españolas históricamente han tenido menos músculo financiero para competir en festivales internacionales y campañas de promoción global. Cuando una película española llega a Cannes o Venecia, a menudo lo hace sin el respaldo económico necesario para generar el buzz mediático que requieren estos rankings.
Además, la industria cinematográfica española sigue siendo excesivamente endogámica. Mientras que directores franceses como Denis Villeneuve o Luc Besson han sabido conquistar Hollywood manteniendo su identidad, nuestros cineastas han mostrado menos ambición internacional o han fracasado en el intento.
El peso de los Premios Goya frente a los Oscar
Los Premios Goya, pese a su prestigio nacional, no tienen el impacto mediático global de los Oscar o los BAFTA. Cuando “El secreto de sus ojos” ganó el Oscar a Mejor Película Extranjera en 2010, fue una coproducción hispano-argentina que muchos identificaron más con Argentina que con España.
Nuestras candidaturas a los Oscar han sido sistemáticamente ignoradas. Películas como “Blancanieves” de Pablo Berger o “Magical Girl” de Carlos Vermut, que arrasaron en festivales europeos, ni siquiera llegaron a la shortlist de los Academy Awards. Esta invisibilidad en la antesala de los Oscar se traduce directamente en ausencia en rankings como el de The New York Times.
El problema se agrava cuando comparamos con otros países europeos. Italia ha mantenido una presencia constante en el cine internacional desde Fellini hasta Paolo Sorrentino. Francia nunca ha perdido su estatus gracias a la Nouvelle Vague y directores contemporáneos como François Ozon o Jacques Audiard.
¿Hay esperanza para el futuro del cine español?
Pese al panorama desalentador, hay motivos para la esperanza. Directores como Rodrigo Sorogoyen están empezando a generar interés internacional con películas como “Madre” y “As bestas”. La nueva generación de cineastas españoles parece más consciente de la necesidad de pensar en global desde el guion.
Las plataformas de streaming también están cambiando las reglas del juego. Netflix ha apostado fuerte por contenido español con series como “La casa de papel” o “Élite”, demostrando que nuestras historias pueden conquistar audiencias globales cuando se les da la visibilidad adecuada.
Sin embargo, el camino por recorrer sigue siendo largo. Mientras otros países han sabido crear “marcas cinematográficas” reconocibles internacionalmente, España sigue buscando su identidad en el panorama global. Quizás sea hora de que nuestros cineastas, productores y políticas culturales asuman que hacer buen cine ya no es suficiente: hay que saber venderlo al mundo.