
Cada vez que veo una película de Nolan termino con la misma sensación, la de haber presenciado algo objetivamente enorme sin tener del todo claro si también me ha emocionado, o si simplemente me ha dejado grogui a base de escala y sonido envolvente. Eso es, de nuevo, lo que me ha ocurrido con La Odisea, la superproducción de 250 millones que lleva año y medio calentando motores con tráilers, entradas IMAX 70 mm agotadas y la promesa, otra vez, de que esto va a cambiarlo todo.
Lo innegable: esto es un espectáculo
Empecemos por lo que nadie te va a discutir en la cola de la sala: visualmente, La Odisea es abrumadora. Rodada íntegramente en IMAX de 70 mm, con Islandia, Marruecos, las islas griegas y Escocia haciendo de decorado natural, cada plano parece diseñado para recordarte que estás viendo algo que costó una fortuna y que probablemente nunca se vuelva a intentar así. El naufragio inicial, la isla del cíclope, el paso por la guarida de las sirenas: son secuencias que justifican por sí solas la entrada de pantalla grande, y que en formato doméstico van a perder tres cuartas partes de su sentido. Nolan ha vuelto a demostrar que sabe construir espectáculo como pocos directores vivos.
Matt Damon sostiene la película con un Odiseo más cansado que heroico, que funciona mejor cuando el guion le deja hacer de superviviente pragmático que cuando tiene que sonar a leyenda griega. Anne Hathaway, como Penélope, se lleva la escena más contenida y a la vez más incómoda de ver: la de una mujer que ya no sabe si está esperando a un héroe o llorando a uno que no va a volver. Y Robert Pattinson, de villano bien vestido, se divierte visiblemente siendo el pretendiente más insoportable de Ítaca.
Lo discutible: el exceso como firma
Aquí es donde empiezo a dudar de mi propia entusiasmo. Nolan es un director que no sabe parar, y eso, que en Oppenheimer jugaba a su favor, aquí empieza a notarse como un tic. Hay tramos —sobre todo en el largo periplo por el Mediterráneo mítico— en los que la película se estira más de lo que la historia necesita, como si el director desconfiara de que el espectador vaya a apreciar la escala si no se la repite tres veces desde ángulos distintos. Se agradece la ambición; se echa en falta, en algunos pasajes, la contención.
La banda sonora de Ludwig Göransson empuja constantemente hacia la épica, lo cual funciona en las grandes set-pieces y empieza a resultar agotador en las escenas más domésticas, esas en las que Ítaca y Penélope deberían respirar y en cambio suenan como el preludio de otra batalla naval.
La pregunta que me llevo a casa
Lo que de verdad me ronda saliendo del cine no es si La Odisea es una gran película —lo es, en términos de artesanía y ambición, sin discusión—, sino si es una película que se deja querer. Nolan filma el regreso a casa de un hombre que ha perdido diez años de su vida con el mismo pulso frío con el que filma un atraco o una guerra, y hay momentos en los que uno desearía que se permitiera ser un poco más torpe, un poco más humano, un poco menos perfecto en su maquinaria.
Dicho esto: si lo que buscas es una tarde de cine que te recuerde por qué existen las salas IMAX, esta es tu película del verano. Si lo que buscas es que Ulises te rompa el corazón, quizá salgas, como yo, admirado y ligeramente insatisfecho a partes iguales.
Nota: 7,5/10 — un espectáculo mayúsculo al que le sobra algo de aire y le falta, por momentos, un poco de alma.